Discriminación positiva

No es lo mismo querer ser iguales, que aspirar a las mismas oportunidades.

Marysol Bustamante

  Si hay algo que ha marcado a las mujeres durante muchos años, es la diferencia con el género masculino. Pese a que el contraste entre el uno y el otro en todo ámbito es mucho menor que hace apenas cincuenta años, cuando las féminas peleaban recién por votar y aun las faldas eran casi un signo de rebeldía, el tema de la igualdad aun nos persigue.

  Un ejemplo es la diferencia de sueldos entre hombres y mujeres. Según la OIT, las mujeres ganan el 79% del salario de los hombres, y sigue aumentando dependiendo del cargo que asuman, llegando incluso a recibir sólo un 66% del salario masculino en el caso de las ejecutivas.

  Y es que repartir cualquier cosa de forma equitativa o “igualitaria” es una situación que resulta más difícil y controvertido que distribuir en simples partes iguales. Cada uno siente que merece más beneficios o que otro debiera pagar más por una condición a priori. Pero esto no justifica ningún tipo de discriminación, y tampoco es un argumento para que existan tales diferencias por ser “riesgosas” o “más caras” en las Isapres que los hombres, solamente por estar en edad fértil, por ejemplo.

  Una de las tantas medidas que se han tomado a todo nivel, y en todo el mundo es la famosa “discriminación positiva”. Vale decir, llevar una “acción positiva” para paliar la desventaja en que se encuentra el sujeto excluido o injustamente diferenciado, que en muchas ocasiones termina por discriminar al otro que se encontraba en buen pie.

   Si nuestro objetivo como mujeres es llegar a la tan ansiada “paridad” con los hombres, entonces clamar por medidas que nos beneficien –en algunos casos, como participación política- se contradice absolutamente con el deseo de ser consideradas iguales, aunque existan casos en que si es necesario, como la ley para acabar con la masculinización del mundo rural en España, y así hacer más visible el papel de la mujer en el rubro, ya que sin ella no tiene los mismos derechos que los hombres.

  Está claro que necesitamos más leyes para lograr ubicarnos en el mismo pedestal que los hombres en el ámbito laboral y en los beneficios que conlleva, pero no podemos olvidar que queramos o no, somos diferentes y debemos hacernos valer por lo que significa ser mujer. Una cosa es querer ser iguales, y la otra tener igualdad de oportunidades. Aunque suene muy “Pilar Sordo”, nuestra riqueza está justamente, en lo que nos separa del sexo opuesto.

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